sábado, 10 de octubre de 2026

Carta de una simple Ama de Casa.

Querida familia:

Me voy.

Volveré cuando sepan dónde están guardadas las bolas de naftalina, cuando nuestra casa ya no tenga secretos para ninguno de ustedes, cuando sea capaces de descifrar los códigos de los botones de la lavadora, cuando logren reprimir el impulso de llamarme a gritos si se acaba la pasta de dientes o el papel higiénico.

Volveré cuando estén dispuestos a llevar conmigo la corona de reina de la casa. Cuando no me necesites, más que para compartir.

Ya sé que me echarán de menos, estoy segura. También yo a ustedes, pero sólo desapareciendo podré rellenar los huecos que el cariño hacia ustedes me produce..

Sólo podré estar segura de que verdaderamente me quieren cuando no tengan necesidad de mí para comer o para vestir o para lavarse o para encontrar las tijeras.

Ya no quiero ser la reina de la casa, estoy harta, me he cansado de tan grande responsabilidad y he caído en la cuenta de que si sigo jugando el papel de madre súper no lograré inculcarles más que una mentalidad de súbditos. Y yo los quiero libres y moderadamente suficientes y autónomos.

Ya sé que su comportamiento conmigo no es más que un dejarse llevar por mi rutina; también por eso quiero poner tierra por medio. Si me quedo, seguiré poniendo todo al alcance de la mano, jugando mi papel de omnipresente para que me quieran más.

Sí, para que me quiera más.!!! Me he dado cuenta de que todo lo que hago es para que me quieran más, y eso me parece tan peligroso para ustedes como para mí. Es una trampa para todos.

Palabra de honor que no me voy por cansancio, aunque sea desgastante dormirse todas las noches pensando en la comida del día siguiente y hacer las compras a los saltos cuando vienes del trabajo y, a la larga, pesa mucho la manía de ver siempre un velo de polvo en los muebles cuando me siento un rato en el sofá, y la perenne atracción hacia la escoba y el trapeador.

Pero no es sólo por eso. No.!!

Tampoco me voy porque esté harta de poner la lavadora mientras me desabrocho el abrigo ni porque quiera estar más libre para hacer carrera en mi trabajo.

No. Hace ya mucho tiempo que tuve que elegir una perpetua interinidad en mi profesión porque no podía compatibilizar una mayor dedicación mental al trabajo profesional con la lista de la compra. Me voy para enseñarles a compartir, pero sobre todo me voy para ver si aprendo a delegar.

Porque si lo consigo, no volveré nunca más a sentirme culpable cuando no saquen notas brillantes o cuando se quemen las lentejas o cuando alguno no tenga la ropa planchada que ponerse.

La culpa de que sea imprescindible en casa es sólo mía, así que desapareciendo yo por unos días, se darán cuenta de que la monarquía doméstica es fácilmente derrocable y quizá yo pueda aprender la humildad necesaria para ser, cuando vuelva, una más entre la plebe.

Cuando encuentren la naftalina no dejen de avisarme. Seguro que para entonces yo también habré aprendido a no ser tan excesivamente buena. Sólo soy un simple ser humano, como ustedes.

Puede ser que ese día no nos querramos más, pero seguro que nos querremos mejor.

Besos.

Mamá.


 Anónimo.


sábado, 3 de octubre de 2026

La Prometida del Señor.

Vivía en Noruega un señor muy rico, poseía tierras y oro en abundancia, su hacienda era extensa y sus bolsillos nunca estaban vacíos. Sin embargo este rico señor se sentía solo, pues su esposa había muerto.Un día vio a la hija de uno de sus granjeros trabajando y la muchacha le gustó. El hombre pensó que a la joven le agradaría ser su esposa y se dirigió a ella. La chica, tras oír la declaración del señor, le dio las gracias por su interés, pero lo rechazó con buenas palabras y continuó su trabajo.

El hombre no se dio por vencido y se encaminó a la casa del padre, pensando que quizá él sería más prudente que la hija y lo aceptaría. El padre de la joven se sintió satisfecho con la proposición de matrimonio y convinieron los dos en mantener el secreto hasta el día de la boda, para que la hija no tuviera oportunidad de quejarse, cuando todo estuviera preparado mandaría a la muchacha a casa del señor como si fuera a hacer un encargo.

Cuando llegó el momento de la boda y todos los invitados estaban presentes, el propietario mandó a uno de sus criados a la granja en busca de lo pactado. El joven llego a la casa de la novia y le dijo al granjero: Me envía mi señor a por lo que vos le habéis prometido. El hombre lo mando al campo, asegurándole que allí estaba lo que debía recoger.

Al llegar allí el criado sólo vio a la hija recogiendo el heno, se acercó a ella y le pidió lo que su padre había prometido al amo.La joven se dio cuenta de lo que sucedía y respondió con seguridad:- Lo que tu amo quiere es nuestra vieja yegua, ve al establo y recógela.El criado cogió la yegua y la llevó a las caballerizas de la hacienda.

Cuando su amo lo vio de vuelta le preguntó si había traído lo pactado, el joven sin sospechar nada le respondió que si.El amo encantado mandó a sus criados a que la subieran a un dormitorio.Los criados asustados corrieron a subir a la yegua por las escaleras y la metieron en una de las habitaciones.

El amo fue mientras a buscar a las doncellas para que prepararan a la novia con el vestido y los adornos.Cuando las mujeres vieron a la yegua en la habitación pensaron que sería una broma, riéndose mucho vistieron al animal con un traje nuevo y le colocaron las joyas, en la cabeza le pusieron una corona de mirto. Bajaron divertidas a anunciar que todo estaba listo y el amo mandó traer a la prometida.

En ese momento, un cortejo nupcial entró llevando la yegua, cuando los invitados vieron a la extraña novia se echaron a reír, burlándose de su huésped. El propietario de la hacienda se sintió avergonzado y muy humillado, nunca más volvió a molestar a la muchacha que lo había engañado.


Autor: Desconocido.


sábado, 26 de septiembre de 2026

La flor aventurera ( El miedo )

Con el otoño llegó el viento, llegó el frío, y la amapola se durmió. Las golondrinas se fueron a pasar el invierno a lugares más cálidos.

Los días eran más cortos, las noches eran más largas y todo el campo se preparaba para el reposo. Las mariquitas también se preparaban para el gran sueño buscando un lugar donde esconderse.

Incluso el caracol se metía en su concha para no salir en bastante tiempo. Pero la margarita era muy curiosa y quería saber cómo era la nieve, así que decidió hacerse la dormida cuando el hada del sueño la tocó con su varita mientras decía:

¡Dormid, dormid, florecillas, margaritas, amapolas, gitanillas, dormid, dormid, dormid!

Dulcemente se acurrucaban entre la hierba, que también se desmayaba por la fuerza del viento. La margarita, como no estaba acostumbrada a esta temperatura tan baja, empezó a temblar a la vez que pensaba:

- «¡Ay, ay, qué frío, qué viento! ¿Qué haré para abrigarme?»

Buscó con la mirada a unas hojas de castaño y les pidió que la taparan, pero ellas le dijeron:

—No podemos servirte de abrigo, debemos ir donde el viento nos lleve, pero puedes pedirle al helecho que te tape un poco para que te pare el viento, y al musgo le puedes pedir que te haga un lecho verde alrededor del tallo.

Las hojas de castaño la miraban asombradas y le preguntaron:

—Pero… ¿por qué no te has dormido como las otras flores cuando pasó el hada?

La margarita les contestó:

—Siempre he querido conocer la nieve y he decidido quedarme hasta que la vea.

—Muy bien, tú sabrás lo que haces, pero es muy peligroso. La margarita temblaba, un poco por el frío y otro poco por el miedo, pero había tomado una decisión y no se iba a volver atrás.

Mientras la nieve se acercaba conoció cosas que nunca había visto antes, como las setas. Conoció un tiempo donde el sol se acostaba temprano, un tiempo que se le hacía eterno, pues sus amigas dormían desde que pasó el hada con su varita. El jardín y el huerto estaban casi dormidos pero no del todo.

Tampoco había silencio porque las urracas no paraban de meter ruido. Los gorriones, los herrerillos, los petirrojos y los mirlos hacían compañía a la margarita. Un día los pájaros del jardín se reunieron a comentar el caso de la margarita.

La veían triste y temblorosa, en parte por el frío que estaba pasando y en parte por el miedo de no saber lo que le esperaba. Decidieron hablar con ella.

—¡Hola, margarita! Queremos saber por qué no te has ido del jardín a dormir con las otras flores.

—¡Hola, amigos! Desde hace días os escucho y me acompañáis. Yo sé que vosotros conocéis bien el invierno, pero yo nunca he visto la nieve y he decidido esperar a que llegue. Me han dicho que es preciosa…

—Sí, es muy bonita, pero para ti podría ser peligrosa. Si te cae mucha nieve encima, tu tallo se puede romper. Además, te tapará y no podrás ver el sol y, sin el sol, morirás, ¿verdad?

—Sí, creo que sí. Por eso tengo miedo: por un lado estoy deseando verla y por otro lado no deseo que llegue…

Los pájaros sintieron lástima de la pobre margarita y se pusieron a pensar en la manera de poder ayudarla. Seguía tiritando de frío aunque menos que antes, porque el helecho la protegía del viento y el musgo rodeaba su pequeño tallo, como si fuera una alfombra. Mientras pensaban no se imaginaron el susto que la pobre iba a recibir.

De pronto, muy cerca de donde estaba, un montón de tierra salió volando por los aires.

—¿Quién anda ahí? —preguntó la margarita, asustada.

Justo delante de ella una pequeña nariz asomó desde un agujero.

—Soy el topo, y tú, ¿quién eres?

—Soy la margarita.

—¿Tú qué haces por aquí? Tenías que estar dormida.

—¿Y tú? Menudo susto me has dado…

—Lo siento, pero cuando veas un montoncito de tierra sabrás que estoy por aquí y no te volverás a asustar.

La margarita iba de sorpresa en sorpresa. ¡Cuántas cosas pasaban en el otoño! Una tarde, el cielo se cubrió de un extraño color gris plomizo y en seguida empezaron a caer copos de nieve.

La margarita se quedó inmóvil contemplando las estrellitas blancas que caían del cielo. El helecho gritó:

—¡Es la nieve! ¡Es la nieve! Y en ese momento supo que su sueño se había cumplido.

Todos los pájaros del jardín –gorriones, herrerillos, petirrojos, mirlos, incluso las urracas– se acercaron a ella y la taparon con sus alas abiertas, dejándole un huequecito por donde la margarita pudo ver cómo se cubría de blanco todo el jardín.

—Ahora duerme, margarita —le dijeron todos—.En primavera, cuando despiertes, podrás contar a todas tus amigas cómo es la nieve, pero ahora duerme, duerme…

La margarita ya no sintió miedo, cerró los ojos, llenos de imágenes blancas, se tumbó suavemente sobre el lecho que el musgo le había preparado y se quedó dormida.


Autor: Begoña Ibarrola.


sábado, 19 de septiembre de 2026

El Cocay.

Quizás alguna noche en el campo hayáis visto una lucecita que brilla y se mueve de un laso a otro, esa lucecita la hace el Cocay, que es el nombre que le dan los Mayas a la Luciérnaga. Ellos saben como este insecto creo su luz, y esta es la historia que cuentan:

Había una vez un Señor muy querido por todos los habitantes de el Mayab, porque era el único que podía curar todas las enfermedades, cuando los enfermos iban a rogarle que los aliviara, el sacaba una piedra verde de su bolsillo, después la tenia entre sus manos y susurraba algunas palabras, eso era suficiente para sanar cualquier mal.

Pero una mañana, el Señor salió a pasear a la selva, allí quiso acostarse un rato y se entretuvo horas y horas escuchando el canto de los pájaros, de pronto unas nubes negras aparecieron en el cielo y empezó a caer un gran aguacero, el Señor se levanto y corrió a refugiarse de la lluvia, pero con la prisa, no se dio cuenta que su piedra verde se le salió del bolsillo. Al llegar a su casa lo esperaba una mujer para pedirle que sanara a su hijo, entonces el Señor busco su piedra y se dio cuenta que no la tenia, muy preocupado quiso salir a buscarla, pero pensó que tardaría demasiado en hallarla, asique mando reunir a varios animales.

Enseguida llegaron el Venado, la Liebre, el Zopilote y el Cocay, muy serio el Señor les dijo:

- Necesito vuestra ayuda, perdí mi piedra verde en la selva y sin ella no puedo curar, vosotros conocéis mejor que nadie los caminos, las cuevas y cada rincón de la selva, necesito que la encontréis, quien lo haga sera bien recompensado.

Al oír esas ultimas palabras, los animales corrieron en busca de la piedra verde, mientras el Cocay, que era insecto muy tranquilo, volaba despacio y se preguntaba una y otra vez:

-¿ Donde estará la piedra ?, tengo que encontrarla, solo así el Señor podrá curar de nuevo.

Y aunque el Cocay fue desde el inicio quien mas se ocupo de la búsqueda, el Venado encontró primero la piedra, al verla tan bonita, no quiso compartirla con nadie y se la trago.

- Aquí nadie la descubrirá - se dijo -, a partir de hoy yo haré las curaciones y los enfermos tendrán que pagarme por ellas.

Pero en cuanto pensó esas palabras el Venado se sintió enfermo, le dio un dolor de panza tan fuerte que devolvió la piedra, luego huyo asustado.

Entre tanto el Cocay daba vueltas por toda la selva, se metía en los huecos mas pequeños, revisaba todos los rincones y las hojas de las plantas, no hablaba con nadie, solo pensaba en que lugar estaría la piedra verde.

Entre tanto los demás animales que iniciaron la búsqueda ya se habían cansado. El Zopilote volaba demasiado alto y no alcanzaba a ver el suelo, la Liebre corría muy deprisa sin ver a su alrededor y el Venado no quería saber nada de la piedra, así, el único en estar buscándola era el Cocay. Un día, después de horas enteras de meditar sobre el paradero de la piedra, el Cocay sintió un chispazo de luz en su cabeza:

-¡ Ya se donde esta !-, grito feliz, pues había visto en su mente el lugar en que estaba la piedra, voló de inmediato hacia allí y aunque al principio no se dio cuenta, luego sintió como una luz salia de su cuerpo e iluminaba su camino, muy pronto hallo la piedra y mas pronto se la llevo a su dueño.

- Señor, busque en todos los rincones de la selva y por fin hoy di con tu piedra- le dijo el Cocay muy contento, al tiempo que su cuerpo se encendía.

- Gracias Cocay- le contesto el Señor -veo que tu mismo has logrado una recompensa, esa luz que sale de ti, representa la nobleza de tus sentimientos y lo brillante de tu inteligencia, desde hoy te acompañara siempre para guiar tu vida.

El Cocay se despidió muy contento y fue a contarles a los animales lo que había pasado, todos lo felicitaron por su nuevo don, menos la Libre, que sintió envidia de la luz del Cocay y quiso robársela.

- Esa chispa me quedaría mejor a mi, ¿que tal se me vería en un collar?- pensó la liebre.

Así, para lograr su deseo, espero a que el Cocay se despidiera y comenzó a seguirlo por el monte.

-¡ Cocay ! Ven, enséñame tu luz- le grito al insecto cuando estuvo seguro de que nadie los veía.

- Claro que si- dijo el Cocay y detuvo su vuelo. Entonces la Liebre aprovecho y ¡zas!, le salto encima, el Cocay quedo aplastado bajo su cuerpo y casi no podía respirar, cuando la Liebre empezó a saltar de un lado a otro, creyendo que el Cocay se le había escapado.

El Cocay empezó a volar despacio para esconderse de la Liebre, ahora era el quien la perseguía y en cuanto la vio distraída quiso desquitarse. Entonces voló encima de ella y se puso en su frente al mismo tiempo que se iluminaba, la Liebre se llevo un gran susto, pues creyó que la había caído un rayo en la cabeza, y aunque daba brincos no podía apagar el fuego, pues el Cocay seguía volando sobre ella.

En eso, llego hasta un lago y en su desesperación creyó que lo mejor era echarse al agua, así evitaría que se le quemase la cabeza, pero en cuanto salto, el Cocay voló lejos y desde lo alto se rió mucho de la Liebre, que trataba de salir del lago toda empapada.

Desde entonces, hasta los animales mas grandes respetan al Cocay, no vaya a ser que un día los engañe con su luz.


Autor: Desconocido.


sábado, 12 de septiembre de 2026

La Dama Blanca ( Leyenda )

Corría el año 1550, el oro venia de Perú en galeones bien custodiados, acompañando el dulce tintineo, llenos de orgullo y acariciados por doradas esperanzas, también llegaban sus propietarios.

Uno de ellos, viejo, encorvado, con los ojos cansados de contemplar tesoros, desembarcaba en Cadiz. Era rico, y con el oro se creía capaz de comprarlo todo...hasta el amor. Se le hizo largo el viaje a la Villa y Corte, pues recordaba que su amigo el medico del Rey quedo tutor de una niña encantadora que ahora estaría por los veinte años y soñaba en contagiarse de su juventud contrayendo matrimonio con ella.

Llego el viejo y hablo con el tutor, nada se consulto con la joven, aunque algo se le dio a entender de boda inminente, una vez todo dispuesto para la ceremonia, el viejo medico llevo a su pupila al Palacio Real, Don Felipe II había demostrado siempre afecto por ella, en esta ocasión le ofreció como regalo nupcial digno de su grandeza, las trece monedas de oro que habían de servir de arras.

Vivía la novia en la calle de las Infantas, en una casa de piedra roja, con siete chimeneas y rodeada de un gran jardín. Celebrose el casamiento con gran pompa, el anciano esposo había regalado a la juvenil desposada un magnifico traje blanco, todo bordado con perlas, de encaje de Bruselas era el velo que le llegaba hasta el suelo, ocultaba su cara y ojos enrojecidos por el llanto.

Vino después el banquete en el que los invitados, obsequiados hasta la saciedad, se tambaleaban en los limites de la embriaguez, cayo la tarde, los criados encendieron las luces. La novia se había retirado a sus habitaciones lejos del bullicio, en medio de la noche, cuando el anciano pensando en su felicidad, comprada con oro a costa de las lagrimas de una obediente muchacha, fue a buscarla...y no la encontró.

Alarmado grito a los criados, recorrieron la inmensa casa, registraron rincones, repasaron los salones del banquete sin el menor éxito, por ultimo bajaron a los sótanos. Allí en el suelo húmedo, el aire oliendo a moho pesado e irrespirable, la encontraron en el suelo, el velo de encaje aun temblaba en la frente, el traje de perlas estaba teñido de rojo, acercaron los candiles, entre sus manos sostenía el pañuelo bordado, trece monedas de oro, las arras estaban a sus pies, y un puñal florentino incrustado con gemas de colores, estaba clavado en su corazón. Horrorizados, se retiraron en silencio amo y servidores.

¿ Quien pudo hacer aquello ? ¿ Un despechado amante ? ¿ Un novio celoso ?. Aun queda en pie el enigma.

Solo sabemos que de cuando en cuando, en los sótanos de la casa se oyen gemidos, y dicen que alguien ha visto pasear como un espectro, en las altas horas de la noche a una dulce mujer, envuelta en velos, haciendo tintinear en sus manos blancas de cadáver, las trece monedas de oro que tubo como arras el día que la casaron sin darle opción a elegir.

Fin.



Autor: Desconocido.



sábado, 5 de septiembre de 2026

La Playa de las Catedrales ( Leyenda )

Si alguna vez llegas hasta esa puerta, hasta ese lugar de mi costa, que marca la división de los dos mundos, descubrirás que el tiempo no tiene más medida que el ritmo de las mareas, o el color del horizonte.


Si alguna vez te quedas con los pies anclados en la arena contemplando cómo se abren y se cierran los pasadizos secretos donde, según se dice, duermen los hombres que el mar retiene  hechizados en su abrazo de espuma, recuerda que estás bordeando el mayor de los misterios.


Cada día, o cada noche, nunca a la hora prevista, nunca a la hora exacta, las aristas del umbral se iluminan de Soles o de Lunas. Ese es un momento mágico en el que, según la leyenda, se podría predecir el futuro y recuperar el pasado.


Y dicen los viejos marineros que en los horas más oscuras, en las noches en las que la Luna desaparece para renacer, unos puntos brillantes marcan los límites y el centro de esa puerta y que son los ojos verdes de las sirenas que iluminan desde siempre, desde todos los tiempos, los senderos del mar de regreso a casa.


Y cuentan que si, cuando el limite más bajo de la marea coincide con el momento en que el sol  empieza a descender por el horizonte estas frente a esa puerta, puedes pedir un deseo por que ese es un momento en que los Dioses están mas cerca de ti y mas atentos a lo que puedas pedirles.


Eso se dice de ese lugar. La catedral mas misteriosa, mágica y bella del mundo…


Autor: Cosas de Meiga.


sábado, 29 de agosto de 2026

El Hada de los Pájaros.

Cuando llega el frío al bosque corren grandes peligros los pájaros y demás animales. No hay mucha comida y tienen que hacer largos recorridos para encontrarla. Tan largos que algunos se pierden, o caen agotados al suelo, sin fuerzas para seguir volando.

Es por eso que en este tiempo invernal, las Hadas se preocupan mucho por ellos y cuando el sol empieza a ocultarse, recorren el bosque y las orillas de los lagos en busca de pajaritos perdidos o cansados para darles cobijo.

Pero hay un Hada, a quien las mamas pájaro quieren de forma especial, porque siempre esta dispuesta a cuidar de los pequeños mientras los mayores buscan el alimento que necesitan.

Ella los acomoda entre sus cabellos, adornados con flores y pequeñas ramas, y deja que duerman o jueguen hasta que sus papas regresan. 

Y si por alguna desgracia no lo hacen, cuida de ellos hasta que son lo bastante mayores para cuidarse por si mismos.

Es mucho trabajo, pero nunca, nunca, el Hada se ha quejado.

No es seguro de cual es su nombre, pero los pájaros la llaman Alita.



Autor: Desconocido.