Chi-Pan era un hombre codicioso, cruel, sin conciencia. Y en aquel momento pensaba: "Conviene realmente que Pao-Chiú, mi primo, muera. No tiene mujer, ni hijos, ni hermanos. Yo soy su pariente más próximo, su campo pasara a ser mío, es vecino al mío y podre llenar la zanja divisoria con poco trabajo".
Buda leía como en un libro abierto en el alma del malvado y sentía un gran disgusto, una profunda tristeza. La sombra luminosa que era su cuerpo se iba cambiando con tonos oscuros. "Hoy mismo, pensaba Chi-Pan, mi primo debe morir, sí, tengo una idea buena. Quiero ponerla en práctica en seguida. Es esta: Pao-Chiú va al mercado a vender verdura, es un bobo, caerá fácilmente en la trampa”.Llamo al pariente:
-Pao-Chiú, un poco sorprendido, avanzo hacia él. Era un hombre de rostro franco y apacible. Buda puso en su alma pensamientos honrados, leales y generosos.
-¿Me necesitas? –pregunto amablemente Pao-Chiú.Chin-Pan le rogó que se sentara a su lado.
-Realmente no me explico como tú y yo siendo vecinos, no encontramos nunca tiempo para conversar amigablemente. A Pao-Chiú las palabras del pariente le parecieron muy simpáticas.
-Creía que tú me tenías por tonto y aburrido. Nunca me hubiese atrevido a visitarte.
-Al contrario, te aprecio muchísimo. Y quiero que vivas eternamente, como viviré yo.
-¿Vivir eternamente? No es posible.-Hablas como un pobre ignorante. ¿No sabes que en el mundo existen ciertos cerezos cuya fruta, que debe comerse en el mismo árbol, hace inmortales a los hombres? Yo poseo uno de esos árboles milagrosos. Tiene mil años, dos mil años, que se yo. Míralo allá abajo, el más alto. Tú treparas hasta la cima, cogerás y comerás muchas cerezas y la virtud de la vida eterna entrara en ti, resplandecerá en tu sangre.
Chi-Pan se levanto y empujo al primo hacia el cerezo.
-Sube, Buda te asiste, está contigo.
-Alabado sea Buda, exclamo muy emocionado Pao-Chiú.Luego comenzó a encaramarse al árbol, ya no era joven, pero en aquel momento sentíase milagrosamente ágil, llego sin esfuerzo a las ramas más altas.
-Come cerezas –invitaba el primo, mirándolo cínicamente-, muchas cerezas.
Pao-Chiú arrancaba de las ramas las relucientes cerezas, se metía en la boca las encarnadas bolitas, dulces como el azúcar.
-¿Ves? –le grito Chi-Pan desde abajo, ahora has conquistado la inmortalidad, ya nadie te puede hacer ningún daño, déjate caer, lánzate tranquilamente al vacío.El buen hombre no sospechaba el engaño, abrió los brazos y se lanzo al espacio. Pero Buda, que había leído en su alma inocente y honrada lo amparo con sus manos invisibles, lo dejo sano y contento en el suelo.
-¡Soy feliz, primo mío! – exclamo
Chi-Pan, que había esperado verlo muerto a sus pies, sufrió una fuerte decepción, luego pensó que tal vez el cerezo era efectivamente el árbol de la inmortalidad. Se encamino a su vez, comió muchas cerezas y luego se lanzo también el al vacío. Pero Buda esa vez queriendo castigar su perfidia, no lo amparo, cayo como bólido y se rompió la cabeza contra la piedra del pozo.
Pao-Chiú heredo el campo y la casa de su primo Chi-Pan. Vivió luego años trabajando y socorriendo a los mas necesitados.
Autor desconocido.





