sábado, 22 de enero de 2022

Los Sueños y la Luna.

Cuenta una leyenda que una noche se fue la Luna de puntillas y no regreso. Acostumbrados a verla, los hombres nunca levantaban la cabeza para mirarla, y una de esas noches se fue, vestida de Luna Nueva, harta ya de bailar en los cielos para que nadie la viera. Cuando quisieron darse cuenta solo descubrieron entre las estrellas, enormes telarañas de ausencia.

Sin la Luna, se escondieron los duendes, y las ninfas se aletargaron en sus lagos, los lobos dejaron de aullar al viento y se quedaron solo en lobos, los hombres solo en hombres. Sin la Luna los sueños bostezaron largamente, y los niños se durmieron sin poder despertar, asustados de vivir sin la compañía de los sueños, en soledad.

Se convocaron cónclaves, concilios y conferencias. Enviaron a los mas intrépidos a buscarla entre altos mares y los mas fuertes levantaron hasta la ultima piedra por si se hubiera escondido debajo. Los mas sabios buscaron en los libros, y los viejos en todos y cada uno de sus recuerdos, pero la Luna no estaba por la labor de que la encontraran. Preguntaron a los ricos, a los pobres, a los reyes, incluso a los dioses preguntaron, pero la Luna nunca estaba allí donde la buscaban.

Pasaron los días, las semanas, luego los meses y los años. Los niños crecían dormidos y, ¡ ay ! no subían ya las sirenas a la playa para peinarse la larga melena de espuma y algas.

No había sonrisas ni algarabías en los patios, y los niños, echados en sus camas, sin la compañía de sus sueños, en soledad.

Cuenta la leyenda que los hombres incapaces de ver por mas tiempo el vacío que dejo en los cielos, prendieron del firmamento una Luna de cartón. Por eso ahora ya no hay ninfas ni sirenas, los lobos son siempre lobos y los hombres, hombres. Porque la Luna que hoy vemos, no es aquella que una noche se fue de puntillas, llevándose todos los sueños, harta ya de que nunca la vieran.  


Sonia.  


sábado, 15 de enero de 2022

Una Estrella fugaz en el Cielo.

Era una estrella pequeña, alegre, juguetona e inquieta pero que a su vez era desobediente, pues muchas veces no hacía caso de las indicaciones que le daban sus padres.

Existía una advertencia que era sabida por todas las estrellas pequeñas: no salir de casa a pasear por el firmamento sin estar acompañados por una estrella mayor, para ser guiados en medio de la vía láctea.

La estrella pequeña que muy bien sabía de ello, le tenia mucha curiosidad por hacer sola un viaje por el firmamento, que le permitiera ir mucho más allá de lo impensable: ¿Cómo será darse una vuelta de un planeta a otro? ¿Qué será de Júpiter? ¿Podré girar en los satélites de Saturno? ¿Podré visitar la Tierra?

Con tantas y más preguntas emprendió un largo viaje interplanetario, salió de casa, sin que sus padres se dieran cuenta, emprendió rápidamente el vuelo, disfrutando con muchas vueltas por miles y miles de estrellitas que dormitaban en la noche.

- ¡ Ahhh, esto si que es vida! Volar sin control, sin que nadie me llame, ¡es lo máximo! –se decía así la estrellita que quería sentirse como la estrella más grande.

Así es, como volando muchas horas pudo ver de cerca a casi todos los planetas, solo le faltaba el planeta tierra, que al encontrarlo muy emocionada se fue enseguida a toda prisa, tan pero tan rápido que perdió el control, chocando contra un gran asteroide cayó precipitosamente contra un nubarrón gigantesco, dando brincos sin parar , toda magullada y mareada.

El Sr. nubarrón al verla con problemas quiso con sus copos darle cobijo, pero la estrellita no podía, seguía volando sin parar.

- Oh quisiera detenerme, desearía volver a casa, auxilio, ayúdenme a regresar- se decía asustada llorando. Gritaba con todas sus fuerzas, pero nadie llegaba en su ayuda. Solo el hada de las estrellas, que al verla en peligro se acercó hacia ella para detener lentamente la excesiva velocidad en la que iba y le dijo:

- Estrellita pequeña ¿Por qué huyes de casa desobedeciendo a tus padres? ¡Ahora ya no podrás volver!

- Hada de las estrellas, por favor, te lo suplico, quiero volver con ellos y prometo ser obediente y no hacerlos enojar.

- Estrellita pequeña es demasiado tarde, ya nada puedo hacer por ti, desde el momento que decidiste emprender este largo viaje has buscado tu propio fin, pero no tengas miedo, porque yo te acompañaré a la mansión donde está el Gran Rey de la estrellas, es allí donde morarás a partir de ahora.

- No me dejes ir Hada de las estrellas, sin despedirme de mis padres y decirles que los amo – dijo tristemente estrellita pequeña.

- Es mi último deseo –dijo casi sollozando.

- No estrellita, solo podrás aparecer por un breve instante, casi fugaz, serás vista por toda la vía láctea y por todos los habitantes del planeta tierra, esa será tu despedida.

Fue así, que estrellita reunió las pocas fuerzas que le quedaban y por un breve instante apareció más hermosa que nunca , fue contemplada por la vía láctea y por cada ser humano que mirase al cielo.

Por última vez, la más pequeña de las estrellas nuevamente se sintió la más grande de todas contemplando el infinito espacio y con su luz acarició a sus padres con amor, pidiéndoles perdón por haber actuado incorrectamente y a los seres humanos les dejo una alta dosis de buena suerte a quien la mirase.

Luego se partió en mil pedacitos, desapareciendo por completo en medio del firmamento. Y en medio de la nada, el Gran Rey de las estrellas recogió un rayito de luz que siempre brilla en un nuevo hogar.

Fue así que ocurrió, y es así como sigue ocurriendo, cada vez que tu vez una estrella pequeña, traviesa y fugaz en el cielo es porque ella ha viajado a su destino final y en ese esfuerzo por despedirse descarga su última energía y deseo por ser vista por la vía láctea y por los seres que habitan en la tierra. Si tienes oportunidad de contemplarla  únete a ella con un gran y buen deseo, que seguro se cumplirá.


Anónimo.



sábado, 8 de enero de 2022

Monólogo de la lluvia.

¿Habéis visto la lluvia?. Esta lluvia de madrugada que ha colgado sus lágrimas en el perchero gris de la sombra de los juncos. ¿No la habéis visto?. ¿Pero si está cuajada en las horas de vuestros párpados sedientos?. ¡Es imposible que no la hayáis visto!. Ha llegado así, de repente, con la tristeza del niño acurrucado bajo el mantón de la abuela. Ha sido una lluvia de pequeños llantos colgados, como la rama del almendro que está ahora sollozando por la larga espera. ¿De verdad que no la habéis visto?. Ha sido una lluvia de mandrágoras saladas surgiendo de un vaporoso lagar de mares en tinieblas.

Pero bien. ¡Tenéis que haberla visto!. Una lluvia de cristales agudos erizando sus aristas en el corazón de la madrugada, con los gorriones dormidos en medio de las callejuelas en donde hay sapos croando al cloquetear de las viejas sandalias del pescador. ¿Es verdad que no la habéis visto?. Ha sido la lluvia del desamparado perro dálmata, blanco y negro como la noche de los pecados inocentes del sarmiento. Sí. Ese sarmiento empeñado en sacar a la luz su inerte sonrisa.

¡Tenéis que haberla visto!. ¡Seguro que habéis visto esta lluvia calando los huesos del camposanto de la sementera!. Aquí. Aquí mismo. Bajo las buhardillas del desamparo yo he visto cómo se han mojado todas las sonrisas del desdentado y viejo borracho empeñado en beber las lágrimas del viento. ¡Y cómo chorreaban los bordillos de las aceras!. ¿No habéis visto cómo chorreaban los bordillos de las aceras?. Quizás porque estábais abstraídos en observar los railotes del tejadillo de las iglesias. Claro. Pero de tanto llorar las campanas no habéis podido escuchar el llanto del recién nacido. Sí. Ha nacido hoy, bajo la lluvia, el infantil recuerdo de una melancolía colgada del aguacero de la madrugada.

¡Estoy seguro de que habéis oído la lluvia!. ¿Por qué os da miedo o temor o resquemor reconocer que habéis oído a esta lluvia pedir licencia para morir de hambre?. No. No es posible no haberla oído. Esta madrugada la lluvia ha sido más huracán, más tormenta, más espanto que nunca… y las mujeres del burdel se han quedado solas, llorando por el niño perdido en la barahúnda de los jardines del sueño de su madre. Ha sido una lluvia de ceniza clavada en el ras del suelo. Sí. En el ras del suelo de los que carecen de todo excepto de nostalgia.

¿De verdad que no la habéis visto?. ¿De verdad que no la habéis oído?. ¡Pero si ha sido una lluvia tan poderosa como el terror de la propia muerte!. El niño se ha ido a llorar a la otra esquina, la de las paredes sucias envueltas en la bruma de los vencidos. Y yo aquí. Observando tras los cristales de la funámbula silueta una especie de lluvia ácida como el jugo de los limoneros. Sí. Los limoneros que han parido al niño bajo la yerma sequedad de sus guedejas. ¿Qué de qué guedejas hablo?. De las guedejas de una madre en donde se ha terminado de sacudirse el sueño soñado de lo inerte..


¿Es posible que no la hayáis visto?. Ha sido una lluvia de parto con dolor, de muerte hacinada bajo las sombras del enebro. ¿Es que no habéis oído el llanto del niño?. Lo que debe suceder es que acaso los acentos del viento no os han dejado escuchar o discernir. Pero yo os doy mi palabra de que ha sido una lluvia de temblores y de fríos. Que ella se ha quedado tan lejana como la última estrella del alborear y que el niño aún está ahí, desmadejando su sueño entre las telarañas de la inexistencia. La madre ha muerto llorando por la lluvia y el niño llora porque la lluvia le moja la vida.


Autor: Diesel.


sábado, 1 de enero de 2022

Leyenda del Muérdago.

Con la llegada del Cristianismo esta planta y sus leyendas fueron consideradas simbologías paganas y cayeron en desuso, salvo en lo que se refiere a la tradición romántica, que desde el mundo angloparlante se extendió, de besarse bajo las ramas colgantes del muérdago para hacer una declaración de amor y que con su influencia mágica prospere y no se sea rechazado. En el siglo XVIII, la joven que recibía un apasionado beso iniciaba un romance, mientras que si una mujer no era besada por ningún joven bajo el muérdago significaba que no se casaría ni encontraría el amor durante todo aquel año.

Esta tradición viene a través de una antigua leyenda de la mitología nórdica sobre el dios Balder (Baldr, en nórdico antiguo) segundo hijo de Odín, que dice así:

Cuando Balder era apenas un niño comenzó a soñar cosas oscuras, de modo que su madre Frigg, que sabía leer los sueños, vio que su hijo iba a morir. Preocupada ante esta amenaza, Frigg convocó una reunión en el Gladsheim de los dioses y allí hicieron una lista de los medios posibles que podrían matar a Balder. Terminada la lista, Frigg fue a todos los rincones de los nueve mundos haciendo prometer a cada uno de los que estaban en la lista que no le harían daño a su hijo, a todos menos al múerdago que era muy joven y que consideró inofensivo.

El malvado dios Loki logró descubrir quién era el único ser vivo que no había jurado no hacerle daño a Balder y lo utilizó contra él. Balder, por su parte, creyéndose invulnerable a todo mal, ideó un juego pidiendo que los dioses le arrojaran objetos dañinos y así fue como, durante el juego, Loki le dio con su lanza o flecha hecha con muérdago atravesándole el pecho y Balder murió en el acto, cumpliéndose así la profecía.

Frigg, en el intento de recuperar a su hijo, fue a ver a Hela, la diosa del inframundo y ésta la informó que si todas las cosas lloraban por Balder ella le dejaría volver.

Y así lo hicieron, todas las cosas lloraron excepto una giganta llamada Thok, que resultó ser el malvado Loki que se había disfrazado y al que después los dioses dieron caza y castigaron, como también castigaron a la planta del muérdago haciéndola parásita y dependiente de otras para vivir.

El pequeño Balder volvió a la vida en brazos de su madre mientras lo besaba amorosamente y así fue como se ordenó que cada vez que una pareja pasase bajo la rama del muérdago, debía besarse para perpetuar el amor verdadero en la tierra”.

Así nació la tradición que ha llegado hasta nuestros días, y por ello siempre hay muérdago en nuestras casas por Navidad, para protegernos y ayudarnos a salir de los trances de la vida, así como a besarse cuando se pasa bajo el muérdago.



sábado, 25 de diciembre de 2021

Las Arañas de Navidad.

Hace mucho tiempo, en un pueblecito de las montañas Harts, en Alemania, empezaban a prepararse para la Navidad y como era costumbre, todas las señoras se dispusieron, escoba en mano, a limpiar dejando todo reluciente para cuando llegaran las fiestas.

Hubo una vez hace mucho, mucho, tiempo, un hogar alemán, en el que la madre se encargaba de limpiar la casa para celebrar el día más maravilloso del año.

Era el día en el que nacía Jesús, el día de la Navidad. Ella limpiaba y limpiaba, para que no pudiera ser encontrada ni una sola mota de polvo. Incluso limpió esos rincones en donde, en muchas ocasiones, al hacer mucho tiempo que no se limpia, suelen aparecer minúsculas telas de araña.

En la casa, una araña había establecido su nido en las vigas del comedor y cual no sería su miedo al ver como la escoba se acercaba peligrosamente a sus pequeñas hijas. Así que las llamó a todas y se escondieron un poco más arriba, justo en un pequeño hueco entre los ladrillos, que casi no se veía.  Y allí quedaron escondidas dos o tres días, hasta que una noche vieron algo asombroso.

Del mismo suelo del comedor, había brotado un árbol centelleante de luces y lleno, desde la raíz a las puntas de toda clase de cosas brillantes y deliciosas.

Las pequeñas apenas podían contener su impaciencia, pero la madre araña no las dejó salir del nido hasta que toda la casa estuvo en silencio.

Entonces las arañitas se deslizaron por sus hilos y bajaron hasta el árbol para ver de cerca todas aquellas maravillas. Pasearon arriba y abajo mirándolo todo, tocando los adornos con sus patas y dando tantas vueltas que, al final, todo el árbol quedó envuelto en una gran masa de telarañas y había perdido todo su esplendor.

Cuando Santa Claus bajó por la chimenea aquella noche y se acercó al árbol, se dio cuenta que estaba lleno de arañas. Se rió mucho viendo lo felices que eran las arañas, pero también sabía que los niños se`pondrían tristes cuando vieran su árbol tan sucio y gris.

Santa Claus sintió lástima de las pequeñas arañas, porque también son criaturas de Dios, sin embargo pensó que la dueña de la casa no pensaría lo mismo que él.

Así que les preguntó si querían quedarse en el árbol para siempre. Algunas dijeron que si y otras decidieron volver a su nido. Santa Claus sopló sobre el árbol y, las que quisieron quedarse, se convirtieron en arañitas doradas y sus hilos en bonitas y brillantes guirnaldas que colgaba de las ramas del árbol, haciendo que este fuera aún más bonito.

Desde entonces, en Alemania, todos los años, los abuelos les cuentan a sus nietos la leyenda de las Arañas de la Navidad, y colocan con ellos las guirnaldas brillantes y de colores en el árbol. Cuenta la tradición que siempre hay que incluir una araña en medio de cada decoración.

Y esta es la razón por la que muchas personas ponen arañas y cintas doradas en los árboles de Navidad.



Autor: Desconocido.



sábado, 18 de diciembre de 2021

El Manzano Generoso.


Hace mucho tiempo existía un enorme árbol de manzanas.

Un pequeño niño lo amaba mucho y todos los días jugaba alrededor de él.

Trepaba el árbol hasta la copa, que le daba sombra.

Él amaba al árbol y el árbol amaba al niño.

Pasó el tiempo, y el pequeño niño creció y nunca más volvió a jugar alrededor del enorme árbol.

Un día, sin embargo, el muchacho regresó y escuchó cómo aquel manzano le preguntaba con tristeza:

–¿Vienes a jugar conmigo?

Pero él contestó:

–Ya no soy el niño de antes que se divertía contigo. Lo que ahora quiero son juguetes y necesito dinero para comprarlos.

–Lo siento –dijo el árbol–, pero no tengo dinero… Te sugiero que tomes todas mis manzanas y las vendas. De esta manera obtendrás el dinero que necesitas para comprar tus juguetes.

El muchacho se sintió muy afortunado.

Tomó todas las manzanas y obtuvo el dinero, y el árbol recobró su felicidad.

Pero resultó que su querido amigo no volvió en mucho tiempo…

Cuando aquel muchacho regresó, se había convertido ya en todo un hombre.

El manzano, todavía expectante, le preguntó:

-¿Vienes a jugar conmigo?

–No tengo tiempo para jugar –respondió él–. Debo trabajar para mi familia. Necesito una casa para compartir con mi esposa y con mis hijos. ¿Puedes ayudarme?.

–Lo siento, pero no tengo una casa. Sólo se me ocurre que puedes cortar mis ramas y usarlas para construir la tuya.

Y el joven cortó todas las ramas del árbol, volviendo a desaparecer por muchos años, y dejando al árbol triste y solo.

Cierto día de un cálido verano, el hombre regresó y el manzano recuperó la sonrisa.

–¿Vienes a jugar conmigo?– le preguntó.

Pero el hombre contestó:

–Estoy triste: me estoy haciendo mayor. Quiero un bote para navegar y descansar. ¿Puedes darme uno?.

–Usa mi tronco para construir uno. Así podrás navegar y ser feliz –respondió el árbol.

El hombre cortó el tronco y construyó su bote.

Luego se fue a navegar por un largo tiempo.

Finalmente, regresó después de muchos años.

El manzano, adelantándose a los acontecimientos, le aclaró:

–Lo siento mucho, pero no tengo nada que darte, ni siquiera manzanas.

Pero el hombre replicó:

–Ya no tengo dientes para morder ni fuerza para escalar… Porque ahora yo también soy un viejo.

Entonces, el árbol, con lágrimas en sus ojos le dijo:

–Realmente no puedo darte nada, a excepción de mis raíces muertas.

Y el hombre contestó:

–Yo no necesito mucho ahora; tan solo un lugar para reposar tras años y años de trabajo.

–Bueno… las viejas raíces de un árbol son el mejor lugar para recostarse y descansar. Ven, siéntate conmigo y goza de los placeres de la naturaleza.

El hombre se sentó junto al manzano, y éste, tan desnudo de madera, hojas y frutos como feliz y pleno, sonrió con lágrimas…

Ésta puede ser la historia de cada uno de nosotros.

El árbol son nuestros padres, con quienes tanto compartimos de pequeños… pero a los que tan de lado dejamos según vamos creciendo.

Parece a veces que sólo regresamos a ellos cuando los necesitamos o estamos en problemas.

Y allí los encontramos siempre, dispuestos a sacrificarse y a darnos todo con tal de vernos felices.

Se podría pensar que el muchacho es cruel con el manzano, pero… ¿no tratamos tantas y tantas veces así a nuestros padres?.

Valorémoslos, querámoslos, mimémoslos… mientras los tengamos a nuestro lado.

Si ya no están, que la llama de su amor arda por siempre en tu corazón y su recuerdo te dé fuerza cuando más cansado te sientas.


Autor: Frederic Solergibert.


sábado, 11 de diciembre de 2021

Leyenda de Tanabata

Había una vez un joven labrador. Un día, cuando estaba caminando hacia su casa se encontró una tela colgada en un árbol. ¡Era una tela maravillosa! La más bonita que el joven había visto en su vida. Así, pensando que alguien la había tirado allí cogió la tela y se la metió en su cesto. Había acabado de poner la tela en en el cesto, cuando alguien le llamó, y al girarse se sorprendió mucho al ver aparecer a una mujer muy hermosa que le dijo: Me llamo Tanabata. Por favor devuélveme mi 'hagoromo'.

El joven le preguntó: ¿Hagoromo? ¿Qué es un hagoromo?

Ella le dijo: El hagoromo es una tela que uso para volar. Vivo en el cielo. No soy humana. Descendí para jugar en aquella laguna, pero sin mi hagoromo no podré regresar. Por eso le pido que me la devuelva.

El joven avergonzado no pudo decir que él la había ocultado y le dijo que no sabía nada de esa tela.

Así, como no tenía el hagoromo Tanabata no pudo volver al cielo y no tuvo más remedio que quedarse en la tierra. Sin embargo, al cabo de un tiempo ella y el joven labrador se enamoraron y se casaron.

Al cabo de unos años, Tanabata, cuando hacía la limpieza de la casa, encontró el hagoromo, y entonces le dijo a su marido que tenía que regresar al cielo, pero también le dijo que había una manera de estar juntos. Si hacía mil pares de sandalias de paja y las enterraba en torno a un bambú podría subir al cielo. Tanabata le estaría esperando.

El joven se quedó muy triste y empezó a hacer las sandalias de paja.

Cuando había hecho 999 estaba tan impaciente fue a enterrarlas al lado de un bambú. En ese momento el bambú se alargó muy alto hasta el cielo.

El joven labrador subió por el bambú hasta el cielo, pero le faltaba sólo un poco para llegar. Era el par de sandalias que no había hecho, pero empezó a llamar a Tanabata. Y ésta le ayudó a subir.

Su felicidad no duró mucho porque en ese momento apareció el padre de Tanabata, al que no le había gustado que ella se casara con un simple mortal. El padre pidió al joven labrador que cuidara durante tres días sus tierras.

"Entendido.", respondió el joven.

Tanabata le dijo a su marido que su padre le estaba haciendo una trampa y que aunque tuviese sed no comiese ninguna fruta pues le ocurriría algo malo.

El joven se puso a cuidar las tierras. Pero la mañana del tercer día ya no podía aguantar la sed y sus manos se fueron hacia la fruta. En ese momento, del melocotón que había tocado empezó salir mucha agua convirtiéndose en el río "Amanogawa"

El joven y Tanabata quedaron separados por Amanogawa y ambos se convirtieron en estrellas, las estrellas Vega y Altaír. Desde entonces, la pareja con el permiso del padre, puede encontrarse sólo un día al año, el siete de julio.


Autor: Desconocido.